Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.

- José Martí

Wednesday, May 4, 2011

Keynes y el grito de histeria capitalista

Nota: Artículo originalmente publicado en el semanario Claridad

Si bien muchos consideran el pensamiento del economista británico John Maynard Keynes como uno de corte progresista y heterodoxo, no se puede ignorar el hecho de que Keynes mismo fue un ideólogo del capital que no tenía mucho respeto por la capacidad de las masas trabajadoras por dirigirse así mismas. A su vez, en alguna ocasión dijo que “la lucha de clases me encontrará al lado de la burguesía educada”. Es indiscutible que las ideas de Lord Keynes iban dirigidas a evitar el colapso del sistema que él pensaba que mejor podía organizar la producción de bienes y servicios. En sus ojos la dirección de ese sistema debía ejercerse por personas iluminadas por el conocimiento, entiéndase los expertos (estamos seguros de que se estaba mirando en el espejo cuando escribió sobre esto).
Sus planteamientos dirigidos a reducir la desigualdad en la distribución de las riquezas no eran porque consideraba a la desigualdad como tal como un problema. De hecho, para él la desigualdad era importante para incentivar “actividades humanas valiosas”. Cuando sí entendía que había que disminuir la desigualdad era en los momentos donde la misma era tan grave que atentaba contra la supervivencia del sistema que él adoraba.

Ese grito de histeria en momentos donde la caldera de vapor está acumulando presión y está apunto de explotar lo hemos visto recientemente en las columnas publicadas en el diario El Vocero, por el ex-gobernador de Puerto Rico, Pedro Roselló (no se ha visto mucha discusión sobre ese evento) y en las páginas de prestigiosas revistas de finanzas y negocios. Por ejemplo, el pasado 29 de marzo apareció un titular en el Wall Street Journal que leía “Tax the Super Rich now or face revolution” en el contexto de la economía norteamericana. El autor planteaba que había que imponer un impuesto al 1% de la población más rica “antes de que el 99% de la población se levante, provoque una nueva revolución americana, el colapso económico y la segunda Gran Depresión”.

La mención de una “segunda Gran Depresión” por el autor de este artículo es importante porque hay que recordar que Keynes desarrolló sus ideas precisamente antes y durante los años de la Gran Depresión, periodo que vio a la Unión Soviética escapar lo embates de la crisis al no estar incertada en el metabolismo capitalista mundial. Paradógicamente, como señala el historiador británico Eric Hobsbawm, el capitalismo aprendió del regimen socialista al incorporar en cierto grado la planificación por parte del estado para tratar de corregir los desbalances del ciclo económico. Eso sí, Keynes encontraba al socialismo repugnante y las ideas de Marx como las de alguien a quien le faltaba un tornillo en la cabeza (como dato curioso, Keynes, al igual que el renombrado economista austriaco Joseph Schumpeter, nacen el mismo año que muere Marx).

A diferencia de Marx, que conectaba la inestabilidad y las miserias del capitalismo con la explotación de toda una mayoría de la población por una minoría, Keynes veía la inestabilidad del sistema capitalista, especialmente en su versión laissez-faire, en la operación de los mercados. Específicamente, creía que las recesiones podían ser causadas por la ausencia de una demanda que fuese suficiente para comprar los bienes y servicios producidos (en términos generales, esta idea no era original de Keynes ya que había sido tratada con anterioridad por pensadores como Thomas Malthus y Michal Kalecki).

Keynes planteaba que si la gente ahorraba en vez de gastar, y ese ahorro era mayor que lo que se invertía en la economía, el efecto neto llevaría a una recesión por el efecto en cadena que causaba. Al no vender toda la producción, los productores no tenían que producir la misma cantidad de bienes y servicios, y eso podía llevar a que recortaran empleos, disminuyeran sus órdenes de insumos para la producción y que hasta cerraran plantas de operaciones. Eso llevaría a un espiral catastrófico que se regaría por toda la economía dado que los trabajadores desempleados no gastarían como antes, lo que implica que otros se quedan sin vender sus mercancías y estos a su vez despedirían empleados y así sucesivamente.

Para Keynes la solución que se deriva de toda esta dinámica es que el gobierno debe intervenir ante la crisis en el sector privado de la economía. Esta intervención, por medio de gasto público y políticas fiscales y monetarias (estas últimas en menor grado), buscarían aumentar el consumo y la inversión en la sociedad. y tendrían como fin la creación de más empleos dado el renovado aumento en la demanda.

Sin entrar en los debates sobre si la lógica keynesiana funciona o no, cabe preguntarse ¿de dónde sale el dinero que el gobierno gasta para intentar reavivar la economía?

Gran parte del dinero que administra el gobierno sale de los impuestos que se gravan sobre los individuos. Sin embargo, a primera vista el aumentar los impuestos va en contra de la lógica keynesiana en momentos de crisis dado que se quiere poner dinero en manos de los individuos para que gasten. Otra opción, y una muy discutida en los medios actualmente, es la de incurrir en déficits (también se podría imprimir dinero, pero eso es tema para otro escrito). En otras palabras, el gobierno coge prestado con la intención de usar ese dinero para intervenir en la economía con la apuesta de que se va a crear actividad económica que produzca, mediante unos efectos multiplicadores, una riqueza que no sólo lleve a la economía a un empleo disque pleno, sino que también sea sostenible para pagar la deuda incurrida.

En la presente coyuntura estos dos elementos de correr un déficit o imponer impuestos para aumentar el gasto del gobierno están muy relacionados. Sólo tenemos que dejarmos guiar por el grito de histeria del analista del Wall Street Journal y poner la mirilla en los individuos y corporaciones que desde los setenta y durante la crisis actual se han beneficiado enormemente con el embate neoliberal que ha arropado y desmantelado gran parte del andamiaje que proveía beneficios a las masas trabajadoras.

Las firmas financieras Capgemini y Merry Lynch publican anualmente un reporte basado en las cuentas de muchos de sus clientes- entiéndase de gente rica. El World Wealth Report se basa en la cantidad de riqueza en formas de activos financieros que dos tipos de individuos poseen. Primero, están

los high net worth individuals (HNWI), aquellos cuyos “activos de inversión” (bonos, acciones) superan el millón de dólares (no incluye el valor de la propiedad residencial, obras de arte que posean, etc.). Luego están los ultra high net worth individuals (UHNWI) cuyos activos financieros superan los 30 millones de dólares.

En el año 2009 Estados Unidos tenía un total de 2.9 millones de personas que cualificaban dentro de las categorías de HNWI y UHNWI, lo que representaba menos del 1% de la población total de ese país. Para ese mismo año, el déficit presupuestario de Estados Unidos era de 1.7 trillones de dólares. Según un estimado del economista Richard D. Wolff, un impuesto de un 15% a ese 1% de la población hubiese borrado el déficit del gobierno norteamericano.

La misma lógica se podría, de manera hipotética, extender a otros países. En el mundo hay un total de 10 millones de HNWI y UHNWI en una población mundial de 6.4 trillones, lo que equivale al 0.14% de la población. Según el World Wealth Report la riqueza combinada de todos estos individuos asciende a los 39 mil millones de dólares en activos de inversión. Esta cifra es más que el valor combinado del producto interno bruto de los nueve países más ricos del mundo (El PIB de Estados Unidos para el 2009 fue de 14.6 mil millones).

Todos estos datos son importantes porque, además de proveer una alternativa para financear el gasto del gobierno, iluminan otro aspecto sobre los keynesianos que apoyan acríticamente que los gobiernos corran un déficit. Aunque no hay un estudio detallado que señale y trabaje esto, es claro que estos individuos que son parte de los HNWI y los UHNWI están en posición de comprar directa o indirectamente la deuda que emite el gobierno. En otras palabras, son los que le prestan dinero al gobierno y reciben un interés por ese préstamo en vez de pagar el impuesto vislumbrado arriba que eliminaría el déficit y, según la lógica keynesiana, reactivaría la economía. ¡Y es que hay muchos que se benefician de la crisis que sufren las masas!

Lo que queda claro para los capitalistas es que esto no puede seguir así sin que se trastoquen los pilares que soportan la sociedad donde ellos se benefician de la explotación de las masas. Y es que llega un punto dónde ellos mismos tienen que contribuir algo si es que no quieren ver su privilegiada posición amenazada. Ya lo dijo en la década de los treinta Joseph Kennedy, capitalista de la industria del licor que fuera nombrado por Franklin Delano Roosevelt para dirigir el Securities and Exchange Commission, cuando declaró: “estoy dipuesto a dar la mitad de mi fortuna con tal de garantizar que me quede con la otra mitad”. Como buenos filántropos, roban diez y luego dan 5 para que gocemos de un capitalismo con rostro humano.

Autor: Ian J. Seda-Irizarry Candidato al PhD e instructor en economía en la Universidad de Massachusetts en Amherst.

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